La Corona de Huesos 1-"Hacia Kyalia me dirijo"

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La Corona de Huesos 1-"Hacia Kyalia me dirijo"

Mensaje  Lazein Azila el Jue Oct 06, 2011 4:12 pm

¿Cuanto había pasado? ¿Seis mese? ¿Siete? Ya no estaba seguro, y quizás no quería saberlo. El tiempo era tan solo un camino que me llevaba a recuerdos muy dolorosos, y por más que me esforzara la pregunta me seguía atosigando: ¿Cuanto había pasado? Alcé la cabeza hacia el cielo, cubriéndome con una mano, no quería tener después esa cortina rojiza que sufren las corneas cuando el dios del fulgor luminoso te sonríe directamente. Y el dios ya era solo una mitad, se ocultaba. Debían acercarse las seis, se acercaba el crepusculo y la noche. Siempre me habían encantado las estrellas, siempre las hube encontrado las compañeras perfectas, vigilandome mientras yo me revolcaba sobre mi almohada de heno de un lado a otro, soñando que disfrutaba del pollo asado perfecto, y que una multitud me ovacionaba por mis chistes. No pregunten como era eso posible, por que solo les responderé que en el fantastico mundo de los sueños uno es capaz de orinar y disparar seis arcos a la vez. Pero ahora la noche solo era un color común que seguía al día, y las estrellas se habían vuelto puntos a una altura a la que mis dedos no alcanzaran, a pesar de que ahora ya ni siquiera intentara llegar hasta ellas dando saltos, como cuando tenía cinco años. Y lo que más me dolía era saber que mis dos favoritas, las que, a la hora de la cena se me unían, ya no estaban allí.
-¿Que te pasa, Lazein?-Me preguntó Lylde. Tenía esa única mirada que tienen los niños cuando ven que estás mal, esa mirada que te hace decirles que todo anda perfecto, a pesar de que a nuestro alrededor estuvieran lloviendo cadaveres
-Nada-Le respondí. Claro ¿Que más podía decirle?-. Solo me imaginaba que pasaría si un cerdo aprendía a utilizar magia de fuego. ¿Te lo imaginas?-Y empecé a hacer una cara graciosa, mi imitación de lo que sería un puerco lanzando llamaradas de las pezuñas.
-¡Me matas!-Dijo ella riendo, golpeando las manitos contra sus rodillas mientras sus pies se balanceaban en el aire-¿De donde sacas esas cosas?
-Nunca pretendas que un comediante te revele su fuente magica de risas-Dije. Me complació ver que su consternación se esfumaba a la vez que tarareaba y me sonreía.
Hacía seis días que me había unido a una caravana de mercaderes que viajaban hacia Kalhana. Me habían hallado entre la vida y la muerte, luego de que cayera por un peñasco a una altura que podría haber matado a cualquier otro. Así me lo dijo un medico que iba con ellos. También me dijo que estaba sorprendido de cuan rapido me había curado. "Y claro-Pensé-, soy un Maestro Bastardo, aunque no tenga idea de lo que signifique". Para darles las gracias, me ofrecí a cuidarlos durante lo que quedara de la travesia, de más está decir que en el Sendero de la Serpiente es dificil hallar algún predicamento, pero a comerciantes y familias jamás les viene mal una espada a su lado. A mí me alegraba la idea de no tener que viajar solo, aunque sea por un par de días...Y estaba Lylde, la niña que me había acompañado incluso durante la parte del viaje que permanecí inconsciente. Cuando desperté me dijo que estaba fascinada por la enorme espada que llevaba, por las letras en su acero y el colmillo de la empuñadura. Era obvio que no crecería para ser la timida dama cortejada entregada a un banquero o terrateniente. Desde entonces pasamos los días los dos, sentados tras la carreta, yo mostrando mi arsenal de bromas y ella disparando en retorno con infantiles risas. Los caminos bordeados del Sendero se alargaban y perdían mientras nosotros nos conocíamos y divagabamos entre risas sin sentido, pero que son esas risas que mas bien te hacen. Escuché una voz:
-Llegamos a Kalhana-Dijo el conductor con una voz fuerte para el resto de la caravana-¡Llegamos al puerto!
Lylde y yo nos asomamos cerca del anciano que bordaba los cuarenta con su barba deshilachada y vimos Kalhana, vimos las gaviotas sobre los muelles y aspiramos el aroma salado que acompañan las velas y los corsarios. Lylde sostuvo mi mano con la suya, temblorosa, sus ojos se aguaban. Sus ojos eran la expresión de alguien que quiere irse bien lejos de donde está. ¿Y por que no? Entonces yo no sabía lo que le deparaba, y de haberlo sabido, lo más probable era que la hubiera tomado en brazos y la hubiera llevado bien lejos, aunque mis heridas se abrieran. Poco después estabamos en Kalhana.

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La Corona de Huesos -En Kalhana-

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